©2018 by Crianza en la ciudad. Proudly created with Wix.com

Crianza en la ciudad - breves relatos

Experiencias que significan el espacio urbano

Este es un espacio de expresión literaria abierto a quienes criamos niños y niñas en la ciudad. Te invitamos a participar escribiendo sobre tu experiencia en un relato de máximo 300 palabras.

 

 Vivir en un piso 15

Elena Cruz / 36 años / Ñuñoa

 09 de octubre 2018

Vivíamos en un piso 15. León tenía 10 meses de nacido. Me sentía tan alta, tan lejos de la tierra, tan encerrada. Para llegar al pasto, donde estaban los juegos del condominio, debía caminar un largo pasillo, luego bajar un ascensor, cruzar el vestíbulo, bajar una rampa, cruzar una puerta, salir y respirar. León aprendió a gatear en el piso duro del departamento, se paró apoyado en el muro que hacía de baranda en el balcón. La vista a la cordillera, que era el espectáculo que contrarrestaba la estrechez de aquel espacio, no podía ser visto por León que gateaba, ni aún con sus intrépidas paradas en la baranda. Empezamos a llenar de maceteros y plantas, como para suavizar el ambiente.
Me parecía importante que León pudiese mirar las hojas de los árboles y sentir la tierra en sus pies y manos. No sé si el juego con tierra es realmente una necesidad infantil, pero mis recuerdos con ella son magníficos. Tampoco sé si a León le inspirará los mismos recuerdos que a mi, solo sé que guarda más secretos que los muros de hormigón y el piso de baldosa.

Los opinantes del mall

Karina Torres / 35 años / Estación Central

24 de octubre de 2018

Tengo un hijo tea, donde la crianza se vuelve a veces cuesta arriba por los diferentes temas de ellos, como son lo sensorial, las reglas, la autonomía, en fin. Cuando uno empieza con el tema de la buena crianza, siguiendo indicaciones y sugerencias de los especialistas como T.O, fonoaudióloga, psicóloga etc; la sociedad nos vuelve esto en algo más difícil de lo que es. Por ejemplo, mi hijo hacía pataletas en los mall porque quería hacer una rutina. Siempre el T.O me dijo no importa que llore, que patalee, se lo lleva y el ahí aprenderá que no siempre puede hacer lo que él quiere. Bueno pasó y me lo llevé llorando desde el tercer piso hasta el primero, con escándalo y la gente opinaba: "yo con un solo palmazo lo arreglo" otros se burlaban del niño, o "pobrecito, le pegaron", otra me paro para exigirme explicación, otra me amenazó con llamar a carabineros. Al final lo subí a un taxi y sólo lloré, llegue a casa con una carga emocional tan grande. Bueno mi hijo nunca más me hizo ese tipo de pataletas, pero yo no me habría sentido la peor madre del mundo si tanta gente no hubiese opinado ni actuado para hacerme sentir así.

El bendito teléfono

Karina Torres / 35 años / Estación Central

24 de octubre 2018

La crianza hoy para niñ@s con alguna condición o no, es difícil, por las reglas que debemos como padres enseñar a nuestros hij@s y no esperar que se las enseñen en el colegio. Hoy en día veo mucho de eso, veo una diferencia en la participación de los padres desde cuando yo era niña a la de ahora. Hoy hay una especie de "ahí está mi hij@, edúquenlo", pero la crianza viene de la casa, donde debemos  formar a los hij@s, pero ...

Qué pasa, cuando todos nos sobrepasa, cuando ya no damos más con preguntas, peticiones, berrinches, etc; ¡¿y nuestras reglas y horarios se van a la punta del cerro?! Aparece el aparato mágico: el teléfono, luego todo lo enseñado parece desaparecer y cuando me doy cuenta que mi hijo ya está  en un vicio sin salida hago todo para quitárselo, de a poco hasta que lo logro . 

Llega el fin de semana, vamos a un cumpleaños donde podrán disfrutar como niños, jugar y entretenerse, pero al llegar me doy cuenta que tod@s están con el bendito - o maldito - teléfono. Nadie juega y, lo que es peor, me veo obligada a pasarle de nuevo el aparato.

Veo que mis ganas de avanzar se desvanecen. Una nueva lucha por quitárselo se avecina. ¿Y la crianza dónde queda? Si primero debo quitarle el teléfono para que ponga atención y enseñarle normas.

Criar en Tribu

Coté / 35 años / Providencia

24 de octubre de 2018

Wuau... Criar en la ciudad!!! Que gran tema. Para esto necesitamos parques, una red de apoyo y mucha imaginación. Porque además de un arenero y un par de columpios no hay nada para la primera infancia. Pero ahí están las mamás, la tribu, las que pase lo que pase nos juntamos para que nuestros niños vivan su infancia jugando, explorando y disfrutando experiencias que les permitan descubrir el mundo a través de todos sus sentidos. Es así como una vez a la semana nos tomamos el parque, jugamos con arena, piedras, hojas, semillas, aguaaaaa que importante jugar con agua!!! Y no importa si se mojan, porque ahí estamos con nuestros bolsos llenos de todo lo necesario para pasar una tarde llena de diversión y colaciones saludable para compartir con los amigos y las palomas. Y a pesar que me gustaría criar a mi hijo a poto pelao a la orilla del mar... Amo criar en la ciudad. Amo criar en tribu. Amo a las mamás del parque. Gracias super mamás... Son lo mejor.

Niña de ciudad

Kristin Meyborg / 38 años / Ñuñoa

25 de octubre de 2018

Mi infancia transcurrió entre bosques, el río y las colinas de mi región natal, así que a veces miro mi hija y pienso: ¡pobre niña de ciudad! Hasta hace poco se indignaba cuando tenía las manos con barro y me las estrechaba para que las limpiara. Teme a los bichos y cuando le alcancé un chanchito de tierra para que caminara sobre su mano, explicándole que no pasaba nada, que son solo “animales pequeños”, sacó la mano y sentenció categóricamente: “¡No me gustan animales pequeños!” Desde muy pequeñita conocía todos los animales y sabía exactamente cómo hace la oveja, la cabra y el burrito. Pero cuando la llevé por primera vez a conocerlos fuera de sus libros infantiles y vio y escuchó una cabra de verdad, le dio pánico y llegó a temblar en mis brazos. Aún así, no me rindo y salimos a buscar la naturaleza donde podemos, paseando a parques o la precordillera o donde sea que hay un pedazo de verde con algunas plantitas. Recolectamos semillas y plantitas y hojas coloreadas y castañas en otoño, conocemos a todos los gatos y perros del vecindario por nombre y ahora en primavera buscamos estas flores que puedes chupar y son dulcecitas como la miel. Trepamos árboles (o al menos hacemos el intento) y observamos las aves del barrio, desde las escandalosas catas pasando por los patudos chincoles hasta los picaflores que nos vienen a visitar en invierno. Creo que criar en ciudad puede ser tan lindo como en cualquier parte. Y espero poder traspasar a mi hija el inmenso tesoro que me dejó mi mamá: ver cosas bonitas e interesantes en todas partes y convertir –a través de la fantasía– a un simple paseo en una aventura. Ya sea en el campo o en esta urbe de 8 millones.

Paseo de a tres

Coté A. / 33 años / Ñuñoa

25 de octubre de 2018

Todos los días salgo con mi perro y mi hijo. Es toda una odisea porque mi perro pelea con otros peludos mientras tengo que estar pendiente de mi hijo que es un verdadero escapista, un pollito en fuga. Pienso que para mi perro la ciudad es como un gran baño, para mi hijo es explorar, le encanta recolectar hojas y ramas, una vez que tiene una en cada mano es la máxima felicidad para él, se ríe y corre mientras recojo los desechos del Mota, nuestro perro, debo apurarme por que mi hijo se cree Usain Bolt. Es cansador salir con los dos pero me encanta, aprovecho de encontrarme con amigos vecinos perrunos y ahora conocer vecinos con hijos, siempre hay un motivo para conversar, aunque al estar pendiente del maratonista y de Martín Vargas, porque pucha que le encanta pelear a mi perro, entiendo la mitad de la conversación (no le cuenten a nadie). A veces mi hijo quiere llevar a su hermano perruno con su correa, apenas tenga la fuerza suficiente lo dejaré.

Un papá genial

Kumqui / 27 años / Santiago centro

26 de octubre de 2018

Si hay algo que siento que es digno de reconocer es a esos padres que están involucrados en la vida de sus hijos, y con esto me refiero a realmente involucrados. Mi pareja decidió renunciar a su trabajo para compartir más con nuestro bebé, ahora trabaja desde la casa y ha sido lejos la mejor experiencia, ya que me he sentido muy acompañada en este camino de la maternidad, el que por lo demás, como sabemos es muy solitario. Comparto esto porque para mi tiene un valor incalculable y siento que es una forma de reconocerlo, esto nos ha fortalecido muchísimo como pareja... y cómo no me voy a sentir más enamorada si veo todos los días en primera fila a un bebé de 9 meses que adora a su padre porque tienen la suerte de compartir todo, son cómplices y se han llegado a conocer muchísimo. Mi pareja no tuvo la suerte de tener un papá presente. Sin embargo, se a convertido en el mejor papá del mundo, de nuestro mundo, del mundo de Valentino, nuestro hijo. 
Espero que cada día existan más hombres así, ya que hacen que la maternidad se sienta más amena, más  linda, más acompañada. 
Criar en la cuidad no es fácil, todo el mundo tiene un ritmo acelerado, mucho trabajo y mil actividades que hacer  durante el día. Pocos tienen el tiempo de visitarte o acompañarte durante este proceso es por esto que agradezco al universo por el compañero que tengo a mi lado con quien codo a codo, día a día, sacamos adelante esta hermosa labor que nos llena el corazón de amor. Sabes que todo sacrificio vale la pena cuando vez esos pequeños dientes asomarse detrás de la maravillosa sonrisa de tú bebé. 

Tañi pichi malen

Javiera / 32 años / San Fabián de Alico

29 de octubre de 2018

Tuve la certeza siempre de querer ser mamá, me imaginé tantas cosas, soñé con ella muchas veces en el campo siendo una integrante más del suelo, y así que lo hicimos. Nos vinimos a vivir a San Fabián 2 meses antes del parto, me vine yo antes, él terminaba con su trabajo en Santiago, solo queríamos vivir tranquilos, sentirnos libres y que tuviéramos un lugar donde tener nuestros primeros años siendo mamá, papá e hija. Ella nació el 7 de enero, tuvimos un parto en casa, es indescriptible la intensidad de parir cuando el dolor deja de tener nombre, recuerdo haberle dicho a mi matrona: Me voy a morir!, luego escuchar de ella: No, vas a renacer..
y si, los días después me sentí como haber vuelto a lo esencial, sencilla, el ego manso, pilucha, con mi vagina herida, pidiendo ayuda, pude caminar y sentarme luego de 1 mes.
Ser mamá ha sido una transformación que ha atravesado mi memoria, mi emoción, mi sexualidad, la relación con mi pareja, mi machismo, el encuentro con mi oficio y mi crianza. Ha sido una experiencia difícil, desafiante y la más hermosa. Muchas veces me pregunto dónde quede yo y de pronto rendirme, dejar que se muera la Javiera de antes me ayuda a sentir la impermanencia del todo, eso me calma. Me da esperanza pensar que en ella existe una nueva oportunidad para nosotros, para nosotros como familia y como especie, así agarro vuelo y me doy ganas cuando me siento cansada.

La caléndula

Irene / 44 años / Providencia

30 de octubre de 2018

La Ema corta flores. Recoge piedras y hojas y palos, y a veces corta flores. A sus dos años y 7 meses es una coleccionista consumada; después de cada salida llegamos a la casa con decenas de tesoros que  distribuye por la casa de acuerdo a su propia lógica y que van desapareciendo con los días.
Érase una vez que volvíamos de la plaza Uruguay, como a mediodía, la Ema ya con sueño. Fuimos y volvimos en micro, como casi siempre. Cuando nos bajamos, mi cachorra soñolienta estaba extra interesada en todos los souvenires de la flora local que pudiera recoger. Pero todos. El que más le gustó: una caléndula que cortó del antejardín de algún edificio.
Avanzamos como una cuadra en 20 minutos. Tenía tanto sueño, mi pobre cachorra, que no quería caminar.
La maternidad hace que una pueda hacer cosas que, en rigor, no puede. Si una tiene una hernia umbilical (que me quedó del embarazo y me duele y me asusta y por eso tengo la cirugía agendada para el mes que viene), oficialmente no puede levantar peso, menos aún por un rato largo. Pero era evidente que la única posibilidad de llegar a la casa era tomarla en brazos y llevarla así las cuatro cuadras que quedaban. Así que eso hice.
Pese al dolor y al susto, adoro tomar a la Ema en brazos. Adoro. Siento que llevo una carga sagrada (eso suena tan a una frase que podría aplicarse a casi todo en la maternidad).
Iba yo con mi carga sagrada cruzando Pocuro y a ella se le cayó la caléndula. Quise seguir caminando, pero se puso a llorar. Mucho. Así que esperé a que dieran verde de nuevo. Y con sus 12 kilos de amor en brazos, cruzamos hasta la mitad de la calle y me agaché a recoger la caléndula. Se la pasé. Sonrió. Yo también.

La mujer invisible

Antonia / 43 años / Providencia

30 de octubre de 2018

No es como que me vea particularmente joven, así que no creo que me haya pasado por parecer mamá primeriza. Tampoco es como que me haya pasado solo a mí, eso o algo parecido. A la gente le agarra una opinología galopante y un enorme deseo de intervenir, cuando ve a una madre con su hij@, especialmente si es un niñ@ pequeñ@. Entiendo que muchas veces tiene una intención amable, pero también lo siento profundamente condescendiente e invalidante. Y me cansa y me irrita y, a veces, me enoja. Mucho.
Recuerdo especialmente esa vez. Nos habíamos cambiado de casa hace poco; era una de las primeras veces que íbamos a esa plaza.  La Ester tenía como un año y medio, ya caminaba bastante, empezaba a hablar, y ya había ‘establecido’ su estilo aguerrido de caerse como ninja; cae bien y casi nunca se asusta o le duele como para llorar.
Se estaba subiendo a un juego. Y se cayó. Y yo esperé a ver su reacción antes de recogerla. Era evidente que no se había hecho daño, y yo quería que ella me diera a entender si se había asustado o le había dolido o no y qué quería que yo hiciera.
Y en ese momento breve, muy breve, en que yo estaba ahí, con mi clásico “¿estás bien?”, en MI interacción con MI hija, en MI estilo de crianza elegido conscientemente… una galla, otra mamá, una extra, se agachó a recogerla.  Como si yo no la estuviera recogiendo de tonta, mala o floja. Como si yo no hubiese estado ahí.
La hubiese cacheteado.
Me acuerdo y me enojo de nuevo.  Que ganas de decirle “¿soy invisible wn?”

Diente de León

Camila / 36 años / Providencia

30 de octubre de 2018

Salir a comprar pan a la esquina con Tomás puede resultar toda una aventura. Salimos de la puerta del departamento y él quiere cerrar la puerta. El pasto del jardincito común está largo y él lo comenta, yo le respondo un montón de "¿y pod qué?". Luego encuentra un diente de león y nos acercamos a cortarlo, cerramos los ojos, pedimos un deseo y soplamos hasta que no quede semilla alguna. "¡Vamos Tomás, van a cerrar el almacén!" le digo. Abrimos la puerta enrejada, él la quiere cerrar y lo hace parsimoniosamente, observando la concordancia del sonido de la bisagra con su movimiento. El tramo que debemos caminar es media cuadra, en ella encontramos primero un gatito que está acurrucado debajo del auto del vecino, Tomás se le acerca para hacerle cariño y éste se arranca, lo perseguimos, retrocedemos media cuadra. ¡Tomás allá hay otro gato! le digo, para retomar rumbo en sentido del almacén. Caminamos un poco y encontramos un envase de chocolate tirado en el antejardincito del vecino "¿qués eso mamá?, "es basura" le respondo; "¿lo llevamos pa la basuda?", "bueno, llevémoslo", le respondo y me guardo el papel en el bolsillo. Caminamos unos pasos y nos encontramos con los duendes, sentados en la puerta de entrada de la vecina dos casas más allá, uno corta un tronco y el otro se ríe mientras lo carga un sapo. Los saludamos, les preguntamos como están, si aún están construyendo su casita y les decimos que a la vuelta los pasamos a despedir. Aparece la viejita que vive en esa casa, nos hace pasar, conversa con Tomás, nos cuenta de su vida. Al salir de su casa y llegar a la calle del almacén, Tomás se percata de varios dientes de león que están en la platabanda cruzando la calle "¡Mamá mida!", yo muero de hambre.

Embarazada en otro país

Mariedelsy Raydán, 40 años, Las Condes.

06 de noviembre de 2018

Me tocó ser una inmigrante embarazada y luego madre. Eso implicaba muchas cosas: desde estar sola con mi marido en otro país sin nuestras familias, conocer un lugar nuevo, acostumbrarme al clima, entender que mi hijo iba a nacer con una nacionalidad distinta a la nuestra. Sin embargo, mis meses de embarazo en esta nueva ciudad me hicieron valorar cosas que no tenía en la mía: la libertad de caminar por las calles, de usar transporte público que hace años no usaba, de ir a parques y disfrutarlos sin temor, de aprender de una nueva cultura. Embarazada, soñaba con que al tener mi bebé podríamos salir a caminar y llevarlo en su coche o porteado a todos lados, sentarme en un parque con tranquilidad y que mi hijo jugara en la grama y todo eso lo hemos hecho. Crecí en una ciudad y me gusta la ciudad, pero también amo la naturaleza, así que he tratado de buscar esos espacios que nos conecten con lo natural y desde pequeño procuro que nuestro bebé lo viva también. Si bien, Santiago es una ciudad grande y agitada, para mi ha sido un espacio de tranquilidad con mi bebé, tranquilidad que ahorita en mi ciudad, hemos perdido. Todo apunta a que de nuevo nos moveremos de país, por lo que siempre trataré de buscar esos espacios que disfruto de la ciudad pero que a la vez nos permitan relacionarnos con lo verde, los animalitos, el agua, las piedras, la tierra, así sea en un pequeño parquecito en una esquina.

Volver a ser niña

Tiare C. / 28 años / Estación Central

07 de noviembre de 2018

Fui mamá muy joven, ahora tengo dos hijos. Criar desde los 18 años te limita a todo, pero uno puede hacer ambas cosas, fui a la universidad con mi hija pequeña, después fui a hacer cursos con mi hijo, no me complicaba mucho la vida, menos me la complico ahora; solo sé que tocando la calle me tengo que poner a su nivel y volver a ser niña (hasta cierto punto), que las rocas son lava, que las paredes te comen, entre otras; la gente me mira con cara de "qué le pasa", otras se ríen. Antes salía y a muchos en la micro les molestan los niños y me miraban feo por que ellos gritaban, jugaban o los pasaban a llevar, y qué más podía hacer yo que decirles que se quedaran quietos, porque todos te juzgan por lo bueno o lo malo. Por eso decidí empezar a ser niña con ellos, a jugar a imaginar, porque de alguna manera las cosas tenían que cambiar.

Los sueños de Amanda

Johana Silva Ponce / 35 años / Estación Central

08 de diciembre de

Amanda tiene 5 años, nació en Estación Central, cuando me dieron el alta en la clínica nos fuimos al departamento que arrendamos, allí esperaba su papá y su hermana. Yo iba feliz por que por fin tenía a la hija que por tantos años esperé y más feliz porque llegaba a una familia ya consolidada. Cuando entramos al departamento me di cuenta que ya eramos 4, no lo descubrí porque había aprendido a contar, lo descubrí porque ya no era tan grande el departamento como lo era hacía recién dos días antes. El lugar se llenó de pañales, ropa, juguetes, accesorios varios y con el tiempo hasta con un gato regalón, ya no había espacio suficiente, pensé que no importaba mientras estuviéramos juntos, hasta hace algún tiempo cuando Amanda me pidió tener una ventana en su pieza, pidió espacio para sus juguetes o más espacio para jugar y una cama separada de la de su hermana. Nunca ha sido una alternativa llevarla a la plaza que está a 10 metros de nuestra puerta, la plaza y los juegos hace muchos años ya no le pertenece a los niños del barrio. Criar entre 4 paredes de 34 metros cuadrados  ha sido un desafío y reconozco que muchas veces me ha superado, confío que muy pronto mi hija tenga una ventana en su pieza, que pueda salir a la plaza que va estar a escasos metros de nuestro propio departamento y que no se vuelva mayor esperando, como me pasó a mi.

El huerto

Kar / 39 años / Providencia

14 de marzo de 2019

Hoy conocimos "el huerto". Un espacio de pulmón verde en la costilla de Providencia, donde una comunidad se organiza para preservar. Un lugar que aunque es de la Municipalidad "es de todos", dice la Cami. La Vale dirige la tribu y nos educa. En sólo dos horas aprendí a  identificar a un insecto que debemos capturar para que no provoque daños irreversibles; me enteré que todas las raíces sirven y que se riega en la tierra y no sobre las plantas para evitar hongos. Pero lejos lo que más me marcó fue que hoy mi hijo tocó un chanchito de tierra y se rió con las cosquillas que le provocaba al caminar en su brazo. ¡Pobres citadinos! pensé, nunca cachamos lo curioso que es aunque somos parquecuriosos, ni nos habíamos percatado de que jamás nos habíamos topado con un chanchito de tierra, y es que más allá de la plaga de loros y palomas, y de nuestro perro, los animales se volvieron mitológicos y los insectos ni siquiera habitaban en nuestra memoria, mucho menos en la de mi hijo de tres años. Este hallazgo se lo debo una vez más a las "Mamis en el parque", y por supuesto a la maternidad, la ha contribuido en mí con un valioso giro de tuerca y con el despertar de la conciencia, por lo que a veces logro deconstruir desde mis teorías hasta mis respuestas aprendidas y a resignificar mi propia infancia. Vuelvo a querer pertenecer y que mi hijo sea parte de una comunidad que se articula dentro de su ciudad cada día más inhóspita en tantos sentidos. En mi caso las prisas son mis peores enemigas, me arrastran a una crianza quizás menos respetuosa de lo que yo quisiera. Por eso agradezco que estén ellas, las mamis del mundo, con los mejores datos como este huerto, acogiéndome y escarbando en el cemento hasta encontrar un patio como en casa pero para todos. Ahí nuevamente me logro reencantar con mi ciudad y querer criar en ella.

¿Cómo marchar con niños?

Kar / 39 años / Providencia

9 de marzo de 2019

Ayer fue la marcha 8M. Fuimos 190 mil (calculan los medios y Carabineros) y 300 mil (según cálculos de las organizadoras). Horas antes traté de coordinar con otras mamás para ir con nuestros hijos, porque imaginé una marcha masiva pero no tanto, y dentro de las posibilidades, bastante pacífica. No lo logré. La logística no me lo permitió y creo que fue mejor, porque la concurrencia estaba contundente y luego las posibilidades de lacrimógenas, tampoco justificaban la presencia de mi pequeño de tres años. Sin embargo, me cuestiono cómo inculcar la cultura cívica y también si soy demasiado aprensiva. Habían familias incluso con guaguas. Hasta se subieron en la escultura de Baquedano unos niños a jugar al corre que te pillo, con un par de carabineras. La masa de brujas empoderadas ardimos cuando el varón se subió casi al pie del caballo y alzó las manos empuñadas. Acto seguido dos niñas en vestido correteaban también. Lo primero que me pregunté fue: ¿y sus padres? ¿Estarán perdidos?. Me pasé mil rollos pensando en qué haría si estuviera en esa situación, y aunque quiero despojar a mi hijo de mis miedos, me parece a veces que esta ciudad se va poniendo cada vez más violenta y mi falta de herramientas no me deja elucidar si mis decisiones son por aprensión, o si quiénes como en el caso de los que llevaron a sus hijos a la marcha, pecan de exponerlos a una situación que a pesar que resultó emocionantemente poética, no era según mi criterio para tan pequeños. Me autorespondo con un: "para qué juzgar", pero no quita que sí me lo cuestiono y tiene que ver también con otras instancias en las que me gustaría participar e incluir a mi hijo, pero que o no se me permite, o me parecen que pueden ser un poco fuertes para su edad, aunque sea una convencida de que la calle será siempre un buen espacio para educarse.

 

Si quieres compartir tu experiencia, contáctanos!